La humanidad ha evolucionado siempre de la mano de la tecnología. Hubo una época en la que este proceso era tan lento que permitía tener en cuenta la evolución biológica, lo que nos trajo mandíbulas reducidas y dientes endebles, así como vientres planos y unos tractos digestivos más cortos. Durante los últimos diez mil años, el ritmo acelerado del cambio tecnológico exponencial ha introducido profundas transformaciones en nuestra manera de vivir. Decididamente, la evolución biológica es incapaz de seguir este ritmo.
Simbiosis individual
Nuestros comportamientos individuales son constantemente remodelados por las nuevas tecnologías que llegan. Los romanos temían que la costumbre de leer en silencio afectaría al arte de la retórica. Cuando aparecieron los libros impresos, el miedo era que la gente dejara de conversar. Actualmente está de moda quejarse del uso constante de los teléfonos móviles y de los mensajes de texto.
Hemos nacido en un mundo que es una caja negra para nosotros, y especialmente poco desarrollado tanto física como conductual y cognitivamente entre los animales. Esto nos obliga a depender de nuestros padres para el cuidado de nuestro desarrollo físico y mental, y nos coloca por supuesto en una relación de plena confianza con ellos y con el resto de la familia humana. Independientemente del mundo que nos rodea, independientemente de las verdades que nos presenten o nos digan, las damos por sentadas. En la Edad Media hubiera sido muy difícil para un niño cuestionar las verdades aristotélicas sobre el mundo y el orden social de las clases feudales. El otro aspecto positivo es que con independencia de los artilugios sorprendentemente milagrosos desarrollados por la generación de los padres, un carruaje sin caballos (coche), la comunicación a distancia (teléfono) o la realidad virtual inmersiva, que para los niños que han nacido con ellos serán tan naturales como un árbol, una flor o un perro. El hecho de crecer interactuando con estos nuevos elementos del mundo no será más novedoso o insólito que cualquier otro elemento del mundo.
La presencia ubicua de conexiones de internet inalámbricas de alta velocidad, al menos en los países de renta más alta, define nuevos comportamientos. El hecho de poder comprobar todos los puntos de datos posibles, verificar una información o conectar fuentes dispares sobre la marcha, se convierte en una reacción prácticamente pavloviana.
Debido a que estoy escribiendo todo esto en una playa de Cayo Levisa, Cuba (sí ya lo sé… ¡es fantástico!), estoy aprendiendo de nuevo a desconectarme después de treinta años de estar constantemente conectado. Al conjunto de los servicios disponibles en tiempo real a través de mi smartphone le llamo exocórtex. Me siento orgullosamente dependiente de él, no con la dependencia que tiene un drogadicto, destructiva e inútil, sino con una dependencia parecida a la que tengo con mis bacterias intestinales, que son las que me ayudan en mi digestión. El texto está salpicado de los signos “XXX” que utilizo para anotar los puntos cuyos datos necesito comprobar, a los que por falta de acceso a los motores de búsqueda sé que debo retroceder, o para hacer referencia a documentaciones de libros, nombres, que citaré en los apéndices del libro. (Afortunadamente, cuando usted lea esto la única indicación que quedará es la que he incluido entre comillas).
Mi adaptabilidad es tal que puedo experimentar felizmente la sensación de estar desconectado durante este breve período de tiempo. Pero si pudiera elegir, nunca elegiría poder disfrutar cada día de esta experiencia. También soy miope y aunque no lleve gafas puedo pasear sin tropezarme, pero no preferiría no tenerlas; no iría al cine sin mis gafas.
La experimentación con la tecnología ha sido posible gracias a su dimensión personal. Los ordenadores personales, los smartphones, los cada vez más valiosos componentes del movimiento maker que promueven la producción energética con paneles solares, las herramientas financieras a través de las criptomonedas, fabricadas con impresoras 3D, y así sucesivamente, que están en manos de las personas es apasionante.
Hace unos meses me implantaron un microchip y me convertí en un auténtico ciborg (organismo cibernético). El primer objetivo del implante, que hoy es llevado por un número bastante reducido de personas, se alcanza cuando se entabla una conversación sobre estas tecnologías y se derriba la barrera social para su adopción.
Durante más de cincuenta años nos hemos ido acostumbrando a los implantes restauradores, como los primeros marcapasos, y nadie se atrevería a decir que preferiría morir antes que ponérselo. Por otro lado, las intervenciones aumentativas parecen ser más polémicas, y a menudo la gente recurre a la equidad y a la igualdad de condiciones cuando se enfrenta a la posibilidad de que otros coetáneos confíen en el aumento de la forma física o cognitiva para alcanzar sus objetivos personales o profesionales.
Afortunadamente conseguimos llegar en el pasado a conclusiones positivas en estas conversaciones. Usamos gafas para recuperar nuestra visión si tenemos un defecto en nuestra vista, pero también tenemos binoculares y telescopios que incrementan enormemente el alcance y la agudeza de nuestra vista no amplificada.
Otra de las razones por las que me implanté un microchip es la posibilidad de experimentar la tecnología en general de primera mano, y la de los implantes NFC en particular. Una diferencia importante entre los anteriores chips RFID es que aquellos solo contenían un número de serie, que no podía cambiarse, mientras que el chipo NFC también puede contener otra información en su memoria, es grabable y puede utilizarse para diferentes aplicaciones: identificación, control de acceso, transacciones, por nombrar solo algunas de las aplicaciones actualmente posibles.
¿Cuál va a ser el límite de esta adaptabilidad individual? Dado que los cambios siguen acumulándose, algunos de ellos necesariamente se escabullen. Cuando la tecnología de la comunicación evolucionaba más lentamente, entre el télex, el fax y el correo electrónico transcurrieron decenas de años para evaluarlos y adoptarlos. Si es un apasionado de las redes sociales, es posible que haya estado en Friendster y MySpace antes de acabar en Facebook. Pero si comprendió su encanto y sus ventajas, es posible que haya empezado directamente con Facebook, lo cual no admite discusión. Pero los cambios siguen acelerándose y hoy en día las plataformas de mensajería están evolucionando tan rápido que es difícil seguirles el ritmo: Skype desde luego, quizás WhatsApp, pero ¿y WeChat, Snapchat o Telegram?
La garantía de la evolución conjunta no tan solo nos exige adaptarnos a la tecnología, sino que también la tecnología debe adaptarse a nosotros y ser cada vez más y más fácil de usar. Esta facilidad de uso reduce las barreras para la adopción y posibilita el rápido traslado de una plataforma a otra con la máxima agilidad.
Un buen ejemplo de la evolución en la facilidad de uso de las tecnologías es el reconocimiento de voz. La primera solución interactiva de reconocimiento de voz de Dragon Systems exigía un accesorio de hardware especial para ordenadores personales y horas y horas de preparación para que reconociera un puñado de palabras. La siguiente versión, llamada Dragon Dictate, apareció unos años más tarde y eliminó la tarjeta de expansión, “pero” “seguía” “pidiendo” “que” “se” “pronunciara” “cada” “palabra” “por” “separado”. Muy complicado, aunque una revolución salvavidas para los tetrapléjicos que pudieron utilizar el ordenador por primera vez en su vida. La posterior generación llamada Dragon NaturallySpeaking permitió un discurso continuo y solo necesitaba unos cuarenta minutos de preparación para obtener un buen resultado. Aunque con el mismo nombre, las nuevas versiones fueron siendo mejores año tras año, ya no necesitaban ninguna preparación y eran capaces de reconocer la voz desde el primer momento con una elevada precisión. La versión actual del motor Dragon que se ofrece en la nube, con licencia de su actual propietario Nuance, impulsa la capacidad de reconocimiento de voz de la aplicación Siri de Apple, tanto en los Macintosh como en los iPhone. El programa es cada vez más fácil de usar, ha aumentado espectacularmente su atractivo entre personas discapacitadas, profesionales que redactan grandes cantidades de textos por su profesión de periodistas o traductores, así como entre aquellas personas que simplemente utilicen su teléfono con la voz en lugar de teclear en la pantalla.
Simbiosis social
Poder confiar en sistemas inteligentes que entienden cuáles son los problemas que y saben cómo solucionarlos es muy diferente de cómo solían funcionar las cosas. La evolución, lo que llamamos el “estado de la naturaleza”, no tan solo es ciega sino también despreocupada. Aunque genera soluciones maravillosas y sorprendentes, no tan solo tarda mucho tiempo en hacerlo sino que lo hace a través del asesinato literal de innumerables miles de millones de personas. ¡Y nadie protesta, nadie se queja!
Cuando se formaron las sociedades, primero en grupos tribales, después en ciudades, países y ahora en entidades supranacionales, su razón de existir era ayudar a sus miembros individuales y maximizar los beneficios y las posibilidades de alcanzar sus objetivos. Las estructuras de la sociedad evolucionaron para ser más prósperas, cada vez más complejas y capaces de satisfacer a una más amplia variedad de necesidades y comportamientos.
Tenemos cientos de miles de reglas explícitas e implícitas sobre cómo vivir constructivamente en una sociedad, y el hecho de comprender, organizar, cumplir y aplicar estas reglas y analizar sus consecuencias y actualizarlas para hacer frente a las nuevas condiciones, es un componente principal de lo mucho que nos queda por hacer.
Ahora estamos empezando a tener sistemas más y más inteligentes que, en lugar de apoyar ciegamente un determinado conjunto de reglas, entienden cuáles son las limitaciones con las que pueden funcionar provechosamente. Dado que estos sistemas se propagan y son ampliamente adoptados, y penetran en nuestras vidas diarias con una granularidad cada vez mayor, estamos empezando a darlos por sentado. Estos sistemas, obviamente, no funcionarán aislados; se comunicarán con nosotros, tendrán en cuenta nuestras opiniones y las suyas propias. Los objetos inteligentes individuales forman las redes y las redes se conectan entre sí. Internet de las Cosas es el nombre que recibe la red de la red de objetos inteligentes comunicantes.
El Internet de las Cosas
De acuerdo con el crecimiento exponencial de la potencia y el descenso del precio del cálculo y de la comunicación gracias a la Ley de Moore, cada vez es más y más fácil incorporar estas funciones en los objetos cotidianos digitales. Llegado este punto, su valor empieza a ser una función no tan solo de su propósito original, sino de la suma de los parámetros que pueden ser comunicados, agregados, comprendidos y desempeñados por la red que los conecta.
Un puente no debería nunca desmoronarse por falta de supervisión y comprobación. Al igual que cualquier otra pieza de una infraestructura grande o pequeña, debería ser capaz de controlar su propio estado de salud, y en caso de necesidad, solicitar la intervención de los equipos pertinentes antes de que sea demasiado tarde.
Un coche no debería dejar que un humano borracho lo condujera a toda velocidad saltándose los semáforos en rojo. Gracias al desarrollo de los coches sin conductor, esto ya se está convirtiendo en una realidad. Independientemente de las objeciones de los mediocres en lo que respecta a los seguros y los errores o decisiones equivocadas que inevitablemente cometerán los coches robóticos, el hecho de evitar los millones de muertes que no se producirán debido a un error humano evitable justifica sobradamente la implementación de este sistema inteligente en concreto.
Los coches sin conductor estarán siempre en movimiento en lugar de estar sin hacer nada el 90 % del tiempo como hacen sus estúpidos homólogos. El correspondiente descenso del 90 % en el número de coches en circulación, la eliminación del 30 % de las zonas destinadas ahora a plazas de aparcamiento, la posibilidad de optimizar el tipo de transporte en función de la necesidad y de la demanda, la eliminación de cualquier preocupación por los vehículos eléctricos, la libertad que ganarán las amas de casa, los jóvenes o los ancianos que no tienen permiso de conducción y los discapacitados, son solo algunas de las asombrosas consecuencias que van a transformar nuestros paisajes urbanos, nuestros hábitos diarios y nuestras vidas profesionales, sociales e individuales.
Aumento de la inteligencia
El impacto de una informática cada vez más y más inteligente, incluso sin una verdadera IA e IGA alrededor, ha transformado ya nuestra manera de trabajar y de vivir. Nos ha hecho también más inteligentes. Ahora podemos recopilar información rápidamente, desarrollar opiniones y comprobarlas con nuevos datos u opiniones de otros. Podemos buscar y colaborar con gente que tenga intereses similares, con independencia de su proximidad geográfica.
Los muros del castillo de Fenis, situado en la región del Valle d’Aosta, en el norte de Italia, están llenos de grafitis y de firmas de escritores. Sin embargo no han sido los vándalos contemporáneos los autores. Hace cientos de años, el señor del castillo pedía a los visitantes que firmaran en las paredes como si se tratara de un libro de honor permanente, para mostrar y exhibir la aculturación de ambos: ellos sabían leer y escribir.
Si hace cientos de años, leer y escribir era algo excepcional, e incluso hoy en día sigue habiendo un número excesivo de personas en el mundo que no saben leer o escribir, definitivamente significa que hemos subido el listón. Y con la ayuda de nuestros smartphones podemos subirlo aún más. Ahora es posible confiar en unos sistemas educativos eficaces complementados con maestros humanos con materiales, ejercicios, estimulación y verificación, en cualquier idioma y en todo el mundo, y solo depende de nuestra voluntad de diseñar, implementar y desplegar ampliamente un sistema así. Una vez esté disponible seremos capaces de asumir el reto y asegurarnos de que todo el mundo pueda alcanzar el equivalente de la capacidad actual de leer y escribir: una necesidad universal para poder programar ordenadores.
Hablar con los ordenadores
Cuando nacieron los ordenadores, inicialmente no eran programables, y su principal finalidad era ordenar la ejecución de una única tarea. La programación de los ordenadores significaba al principio una lenta y exasperante instalación para un determinado cálculo o, al poco tiempo, la necesidad de alimentarlos con tarjetas perforadas crípticas y esperar a que llegaran los resultados al cabo de unas horas o unos días, en una especie de sacerdocio entregado a la manipulación del cerebro electrónico. Los terminales interactivos, en primer lugar, y después los ordenadores personales, facilitaron la programación a mucha más gente.
El desarrollo de unos lenguajes de programación de alto nivel significaba que los problemas podían ser formulados de manera que los ordenadores pudieran entenderlos, así como la posibilidad de que las demás personas que leían el programa pudieran mejorarlos en lugar de tener que empezar prácticamente desde cero. Sin duda, hoy hemos llegado a un punto en que cualquiera puede aprender uno o más lenguajes de programación, y cada vez son más los que lo hacen. Cuando usted le dice a su horno microondas lo que debe hacer, o a su lavavajillas, usted está programándolos. Cuando usted configura un recordatorio para su calendario dictándolo en el teléfono, también está programando. Estas tareas son elementales, y quizás la siguiente fase llegará cuando los aparatos conectados permitan que las ramificaciones, los bucles y la recursión condicionada formen parte de las órdenes intuitivas que les damos.
La complejidad de nuestro mundo es cada vez mayor y solo puede ser gestionada a través de interfaces que no tan solo son intuitivas y naturales, sino también a través de la abstracción progresiva en las instrucciones explícitas y detalladas destinadas a unos objetivos de órdenes superiores y a la satisfacción proactiva de las necesidades.
Cuando el Internet de las Cosas multiplique por muchas órdenes de magnitud el número de objetos inteligentes a nuestro alrededor, no sucumbiremos a la ansiedad que sentimos hoy, programada en nuestro interior por el propio smartphone cuando su indicador de potencia de la batería entra en la zona roja de alarma. Por un lado los objetos inteligentes tendrán que defenderse por sí mismos, tal como hacen hoy los aspiradores robóticos, que recuerdan donde está la toma de corriente y vuelven sobre sus pasos para recargarse cuando lo necesitan. Por otro lado, el nivel de comprensión y anticipación de nuestras necesidades y de nuestro estado mental y emocional deberá incrementarse profundamente en la próxima etapa de lo que podría llamarse el cálculo emocional.
Cálculo emocional
Los teclados, el reconocimiento óptico de caracteres y el reconocimiento de voz son métodos para la generación de entradas en nuestros ordenadores. Ahora hay métodos cada vez más y más fiables, y suficientemente rápidos y potentes para poder reconocer el rostro, y como consecuencia de ello, utilizar también nuestras expresiones faciales como entradas. Los últimos modelos de cámaras fotográficas tienen ajustes automáticos que delegan la toma de una fotografía no tan solo en términos de apertura u otros ajustes ópticos, sino también de sincronización de la propia toma. La cámara reconoce cuando las personas ríen y tienen los ojos abiertos, y toma la foto en consecuencia, optimizando así la probabilidad de que quedemos satisfechos con la foto. Esto es un ejemplo de ordenadores capaces de leer las emociones.
El experimento que llevó a cabo hace unos años Facebook con cientos de miles de sus usuarios provocó un gran alboroto. Todo el mundo, pero especialmente aquellos que cuentan con un puñado de conexiones o páginas votadas con “me gusta”, debería tener claro que la noticia no puede mostrar la totalidad de los mensajes que se producen en una determinada cantidad de tiempo, salvo que se desplacen tan rápido que acaben siendo irremediablemente ilegibles. Por consiguiente, es normal y necesario mostrar solo un fragmento de los mensajes, que es lo que generalmente hace Facebook con los contenidos de todo el mundo. Los criterios adoptados para mostrar determinados artículos evolucionan constantemente, y dado el carácter privado y competitivo de Facebook, no son de por sí públicos. (Un buen reto para los partidarios de los proyectos colaborativos de dominio público es proponer una alternativa satisfactoria para Facebook, donde la red social no necesite rentabilizarle a usted convirtiéndole en un producto para sus anunciantes, sea totalmente distribuida de manera que no pueda ser cerrada o censurada, y cuyos algoritmos para la selección de nuevas historias o mensajes de amigos estén al alcance de los usuarios para el análisis o la modificación opcional, así como que sea totalmente abierta y transparente).
Paradójicamente, la razón por la que se produjo una multitud de reacciones ante el experimento de Facebook es porque, para variar, se desconocían los criterios para la selección de las noticias. Unos cuantos cientos de miles de usuarios recibieron de promedio noticias con palabras clave negativas, y un grupo equivalente recibió de promedio un contenido positivo. La hipótesis de los investigadores era que como consecuencia de ello los miembros de cada grupo serían más propensos a escribir mensajes que respondieran a la carga emocional de la noticia que habían recibido. Obviamente, dirá usted. Pero se trata de un ordenador que escribe las emociones humanas.
Nosotros somos máquinas emocionales, y debemos asegurarnos de que los ordenadores reconozcan esta característica, y a lo largo del proceso ellos se conviertan también en máquinas emocionales. Muchas de nuestras tareas pueden ser mejor o peor realizadas según el momento del día; no dependen mucho de una determinada hora o minuto, sino que están enormemente influidas por nuestro estado emocional. Si somos capaces también de aprovechar una comprensión detallada de nuestras necesidades, objetivos y comportamientos desde un punto de vista emocional de algo tan simple como nuestra lista de tareas, aumentará nuestro bienestar y nuestra productividad.
Mejores prácticas éticas
El poder del cálculo emocional, así como de otras muchas tecnologías aquí descritas, tanto actuales como futuras, es asombroso. Las industrias responsables reconocen que no pueden ignorar las externalidades, y se preparan para apropiarse del ciclo de vida completo de sus productos. Las empresas farmacéuticas y biotecnológicas han instaurado desde hace tiempo comités éticos para supervisar, analizar y orientar sus experimentos con el fin de garantizar su atención por las implicaciones éticas de sus procedimientos, con independencia de los presuntos beneficios de sus productos finales.
Este nivel de conciencia social sobre las consecuencias éticas de las poderosas acciones y tecnologías, desembocará necesariamente en la adopción de un nivel universal de mejores prácticas por parte de las empresas y de las organizaciones. La próxima vez que conozca a un estudiante de filosofía, dígale que cree que su profesión verá una explosión de las contrataciones en todos los sectores.
Será fundamental aumentar la comprensión humana de estos temas por parte de un personal adecuado y de unas herramientas interpersonales mediante la automatización y el escalamiento del proceso para que sea fiable y permita su adopción por parte de todos.
Aumento de la empatía
El nivel de conciencia y autoconciencia que estas herramientas nos ayudarán a alcanzar, no tiene precedentes en la historia. La ignorancia, el racismo y la xenofobia que han provocado tantos conflictos en el pasado, son inadmisibles en un mundo de conocimientos, comprensión multicultural y tolerancia conectada a nivel global (y armas termonucleares).
Si somos capaces de reconocer las necesidades, los valores y las emociones de los demás, seremos capaces de sentir empatía y crearemos las herramientas necesarias para extenderla y aumentarla mediante la superación de las limitaciones de lo que al contrario dictarían nuestros sentidos y nuestras reacciones emocionales naturales.
¡Seamos prescindibles!
El término “ordenador” significaba inicialmente una persona, generalmente una mujer, sentada delante de las calculadoras mecánicas y que se pasaba todo el día realizando tediosas operaciones repetitivas. Nuestros ordenadores digitales son ahora capaces de realizar estas operaciones miles de millones de veces más rápido, lo que permite que la energía y la creatividad humana anteriormente dedicada a estas operaciones puedan desplegarse en otro ámbito.
Cuando los telares mecánicos empezaron a aumentar la productividad en la industria textil, y un solo telar podía hacer los que hacían antes docenas de trabajadores, el movimiento de los luditas se opuso a este cambio llegando a destrozar las máquinas que robaban los trabajos humanos. Pero ¿valía la pena preservar estos empleos?
En la trayectoria de nuestra civilización tecnológica, un punto de datos sorprendente es que la altura media de los miembros de las primeras sociedades agrícolas era inferior a la de sus antecesores de las sociedades cazadoras y recolectoras. Esto está estrechamente relacionado con las calorías disponibles, la salud, la esperanza de vida y la calidad de vida en general. Durante la oleada de industrialización del siglo XIX, la calidad de vida de las clases trabajadoras era abismal, carecían de cualquier tipo de protección contra la explotación, la falta de servicios de educación y sanidad o el trabajo infantil universal, pero la tendencia siguió avanzando y afectó a más y más gente que acabo trasladándose a las ciudades.
Hace unos años, Amazon compró por cerca de mil millones de dólares el fabricante de robots cuyas plataformas sin conductor podían sostener los carros que utilizaban los mozos de almacén. Los diversos productos comprados por Internet podían estar en cualquier lugar del almacén, en diversas estanterías, y en lugar de tener que comprobar donde estaba una cosa, los trabajadores del almacén son ahora guiados por los carros al lugar correcto y los trabajadores se limitan a colocar el paquete necesario en el carro listo para su embalaje y envío. Hace solo unos meses, con el objeto de pasar al próximo paso, Amazon organizó un concurso para desarrollar una mano diestra robótica, además de un sistema de visión que podía montarse en la plataforma robótica sin conductor, y que acabaría con la mayoría, por no decir con todos los trabajos de almacén ocupados hoy por seres humanos.
Dado que los ordenadores son capaces de realizar cada vez más tareas, a mucha gente le preocupa que no quede ningún trabajo para las personas. Se trata de una preocupación injustificada, al igual que lo fue hace doscientos años durante la primera industrialización. Pero para que el progreso tecnológico se traduzca en bienestar humano, debemos recordar las lecciones del pasado. Se tardaron diez mil años para que las sociedades agrícolas llegaran al punto en el que estamos hoy, con un 3 % alimentando a los demás. Deberemos afrontar muchos obstáculos antes de que podamos ofrecer los beneficios de los sistemas inteligentes a todo el mundo, y podemos y debemos proteger a aquellos que no puedan aguantar las peores consecuencias de un cambio, ciego y egoísta de por sí.
La responsabilidad de las sociedades
Hemos construido una civilización mundial maravillosa y generosa que puede afrontar el siguiente reto de una auténtica preocupación por sus miembros. Son demasiadas las sociedades que descuidan su responsabilidad fundamental de nutrir, sostener y proteger a las personas que no pueden ser simplemente desechadas y abandonadas en la cuneta tal como sin duda sucedía en lo que antes de la humanidad era el estado natural de la evolución. No es una cuestión tan descarnada y erróneamente aproximada de debilitar el patrimonio genético. El rico tapiz de las experiencias y de las oportunidades humanas no puede medirse con la primitiva y reductora escala de la mera aptitud. No hemos escapado a la evolución, pero sí a una evolución ciega que no es capaz de aceptar y sostener el potencial que cada persona expresa.
No hay ninguna garantía de que seamos capaces de resolver nuestros retos futuros solo porque hemos tropezado con asombro con varias crisis, y por pura suerte hemos sido capaces de hacerlo con nuestros retos anteriores. La colaboración en la mejor previsión de los problemas venideros permitirá la construcción de escenarios y las pruebas de métodos antes de que sean necesarias, así como su más rápida implementación. La ciencia y la ingeniería son unos maravillosos métodos de ataque para incluso los problemas más difíciles. Necesitamos poder confiar en el poder inventivo de las personas y trabajar en equipos capaces de compartir ideas y complementar las fuerzas de los demás en un entorno cultural, económico y político que los apoye de forma fiable con el poder de una visión a más largo plazo. Y necesitamos abrir el intercambio de aportaciones de los colegas que permitan la agrupación de ideas para el bien común de nuestros objetivos y de nuestros valores compartidos.
Una excesiva modestia es casi siempre un error, es una herramienta para el control en el que la iniciativa es sofocada y la carga y el estigma del posible fallo impide que la persona ni siquiera lo intente. La humildad es casi siempre buena ya que reconoce que es la comunidad quien presta ayuda, y un punto de partida firme para que emerja la excelencia es no estar aislado y quedarse solo en un desierto. Si es imposible sistematizar y emular su seguimiento e importancia histórica, el papel y el destino de los genios y de los revolucionarios de la ciencia y la exploración que no han sido humildes en su búsqueda y se han mostrado contrarios a lo que pensaban los demás, aun cuando hayan estado acertados, hayan demostrado su acierto con su éxito y hayan salido fortalecidos, resulta especialmente dramático.
¿Son suficientes siete mil millones de personas? ¿Acabarán la próxima pandemia, el futuro asteroide o el conflicto político y militar agravado en una guerra termonuclear? ¿Podrán solucionarse estas amenazas? ¿Estamos preparados para atacar las incógnitas desconocidas que podrían pillarnos por sorpresa? No debemos malgastar el potencial de la mente humana para alcanzar nuevas cotas de exploración y comprensión. La responsabilidad de la civilización mundial es garantizar la posibilidad por parte de todo el mundo de contribuir a esta misión.
La necesidad de una ciencia e ingeniería de la moralidad
La caja negra del universo ha sido progresivamente abierta por la exploración humana. La examinamos, iluminamos todos sus rincones, desciframos lo que vimos y utilizamos las piezas como piedras angulares para las nuevas herramientas. La inteligencia, y nuestra civilización tecnológica, son únicas por lo que vemos. El emergente fenómeno de su creación, que observa el mundo y lo que en él sucede con los ojos abiertos, en lugar de dejar que los acontecimientos se desarrollen, crea nuevas responsabilidades que ahora estamos empezando a afrontar.
Uno de los rincones de la caja negra en el que se han acumulado interesantes fenómenos emergentes, está ahora preparado para ser observado bajo la intensa luz de la ciencia. Durante mucho tiempo dejamos sin examinar el entendimiento de la moralidad a las visiones dogmáticas, las tablillas de arcilla de la Edad de Bronce. No tan solo hubiéramos tenido que sentirnos capacitados para afrontar el reto de valorarla con las herramientas de la ciencia, sino también para liberarnos del sentimiento medieval de inferioridad residual para probar orgullosamente los resultados. Ahora es necesario que lo hagamos debido a la emergencia en la escena mundial de las máquinas autónomas, cuyas decisiones afectarán a nuestras vidas e inevitablemente serán morales y éticas por naturaleza.
Sí, el contrapunto del coche sin conductor se trasladará muy rápidamente y con una fuerza asombrosa al lado que le sea beneficioso. No será uno de estos casos en los que es difícil decidirse por la cara o cruz de una moneda. Pero eso no será una razón suficiente para evitar la configuración clara, transparente, abierta y responsable de las reglas y comportamientos que regulen sus decisiones aun cuando no comporten consecuencias de vida y muerte. El clásico ejemplo de que un coche sin conductor tenga que dar un volantazo al topar con mi bicicleta, y se vea obligado a elegir entre chocar contra un autobús escolar lleno de niños para evitarme o bien matarme, es de gran utilidad si nos permite empezar a hacernos preguntas sobre cómo se toman estas decisiones. No se trata de elaborar respuestas por anticipado.
No existe ninguna tabla de pleno derecho que, una vez introducida la entrada, pueda dar el resultado correcto. En cuestión de milésimas de segundos, no tan solo en el escenario del ejemplo, sino en miles de millones de máquinas inteligentes y en decenas de miles de millones de casos diarios, tendremos que deducir por las malas lo que quieren hacer. Solo es posible avanzar un paso más si se produce un debate abierto y riguroso sobre los cimientos de la moralidad como ciencia y pedir a los ingenieros que implementen en sus productos las reglas que rigen esta ciencia.
Con el nacimiento de los primeros ordenadores se formularon perfectamente las teorías del electromagnetismo y de la mecánica cuántica que explican las leyes del comportamiento de los electrones individuales. Sus aplicaciones correspondían a entornos en los que la predicción resultaba demasiado compleja desde un punto de vista teórico, y precisaban una experimentación, invención e innovación a fondo, tan fundamentales como las propias teorías, ampliamente probadas por sus éxitos y por los premios Nobel de física otorgados tanto a los experimentalistas como a los teóricos.
Ahora debemos intentar hacer lo mismo, a distinto nivel y en un ámbito distinto, sin vacilaciones, para cerciorarnos de que la mano que implementa estas máquinas autónomas inteligentes está dirigida por unas teorías científicas sólidas sobre el significado de la moralidad.
Esta búsqueda será muy polémica, sobre todo a los ojos de quienes están atrincherados en los cada vez más pequeños territorios de las cosmovisiones dogmáticas, que rechazan la posibilidad de que la razón y la ciencia sean los mejores maestros para la explicación del universo, y para hacerles entender nuestras acciones y el propósito de nuestras vidas.
Con la visión de una espiritualidad naturalista
Muchos de los que reivindican no entender las matemáticas e ignorar la ciencia y sus maravillosos descubrimientos, muestran un orgullo sorprendente. Es desconcertante y bastante doloroso ver la contradicción en estas personas que se aprovechan de los avances tecnológicos, médicos y sociales que ha generado la ciencia, pero niegan su necesidad de comprender los ámbitos, sus herramientas y la sólida plataforma levantada para el desarrollo humano. Para empeorar las cosas, algunas son personas del mundo de la cultura, la literatura y el arte, cuya falsa percepción de la diferenciación o incluso contradicción entre las cosmovisiones científicas y humanísticas empaña sus opiniones por lo demás afinadas.
La comprensión científica no merma en absoluto la belleza de la palabra y la capacidad de percibirla; al contrario, las exalta. Sorprenderse de la complejidad, tener la valentía de seguir explorando espectaculares horizontes y sus poderosas aplicaciones, corresponde a quienes emplean sus mentes claras y liberadas de arbitrarias supersticiones sobre la tarea.
Si irradiamos la luz de la razón sobre las zonas en expansión de nuestro mundo, el comportamiento y sus consecuencias, es de suma importancia reivindicar el derecho a una espiritualidad naturalista que exprese la actitud mental realzada y la alegría del empeño, que une y exalta a comunidades de gente con ideas afines para alcanzar lo que de otro modo considerarían imposible.
Las herramientas o los ritos y músicas perfeccionadas, el propósito común y una comunidad de peso pueden y deben cumplir los objetivos de construir una sociedad que se sienta orgullosa de sus logros, y humilde pero cada vez más decidida a superar los retos que tiene por delante.
Sin ampararse en lo sobrenatural, lo metafísico y la superstición, y adoptando un vocabulario arraigado en la comprensión compartida del poder de la razón y que debe ser defendido ante la apropiación del significado de las palabras que se corrompen en análisis erróneamente equilibrados, esta práctica espiritual puede unir a escala mundial a aquellos que están dispuestos a explorar el futuro de la humanidad con los ojos abiertos.
El futuro de los humanos y de la humanidad
A lo largo de los últimos cientos de años, nuestra comprensión de lo que significa ser humano se ha visto afianzada y enriquecida. Por lo menos no quemamos a nadie en la hoguera acusándole de ser una bruja.
Nuestras perspectivas cambiaron profundamente cuando empezamos a aceptar y después implantar la idea de que valía la pena vivir nuestra vida, y vivirla bien, y que podríamos incluso mejorarla y construir un mundo mejor para nuestros hijos y descendientes, en contraposición a la sombría resignación de que solo podríamos encontrar consuelo (o condenarnos) en un hipotético más allá.
Los tipos de sociedades humanas que hemos construido han demostrado su capacidad para cuidar, y potenciar al máximo, a un número de personas cada vez más y más grande. Ahora estamos potencialmente preparados para adoptar nuevas medidas, para afrontar los retos venideros con el reconocimiento del sufrimiento innecesario, para eliminar la injusticia global y para madurar del todo ante la posibilidad de que somos capaces de asumir la responsabilidad de nuestro destino.
¿Es necesario el transhumanismo?
La filosofía y la cosmovisión del transhumanismo consideran que los humanos se definen básicamente por su capacidad de reconocer y superar sus límites. Por definición, la humanidad como tal se dinamiza con la presión proaccionaria y positiva de unas posibilidades extraordinarias. Tampoco esta vez hay garantías, pero el futuro construido por las personas progresistas, curiosas, emprendedoras y aventureras reunidas en sociedades abiertas y tolerantes que aplauden la experimentación, es mucho más probable que encuentre varios caminos para alcanzar sus objetivos.
El conservadurismo en grado extremo, aunque es valioso para los museos, no es la mejor manera de afrontar el futuro y adaptarlo a las necesidades. Lo que admiramos como el presunto equilibrio perfecto de la naturaleza, en realidad es un caos dinámico que se tambalea al borde de la extinción desde el punto de vista de cualquier especie, y que solo nuestra visión limitada considera idílico. E incluso los museos a través de sus actividades de conservación representan una faceta de la realidad, una simple muestra de lo que conservaron, dejando el resto inaccesible, alejado e ineficaz para aleccionar e influir en las decisiones, como si no existiera. Para poder afrontar el cambio es necesario incluir la compresión de la temporalidad de cualquier orden establecido, y el salto de la observación a un nuevo nivel, a unos valores más elevados que entiendan la dinámica unificación del conjunto de experiencias y formas de lo existente.
El amplio espectro de los comportamientos humanos se verá complementado por la posibilidad y la oportunidad de experimentar con unos niveles de libertad más radicales, que transformarán el cuerpo y la mente. Si entendemos esta posibilidad, y respetamos a quienes quieren preservar su identidad de los cambios pero la permitimos a quienes quieren explorar lo que significa convertirse en un ser humano en profundidad con arreglo a estas radicalmente nuevas condiciones, será una de las mejores discusiones que perfilará la sociedad en un futuro próximo.