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La tecnología creó la humanidad

Un tempestuoso inicio

Hay muchas definiciones del ser humano y de lo que nos diferencia de otros animales. Es innegable que somos diferentes. Los monos y un gran número de pájaros imitan y aprenden. Muchas de las características humanas que creemos que son únicas, aparecen en otras especies. Sin embargo, se encuentran conjugadas en nosotros en tal cantidad y de tal manera que han supuesto un cambio cualitativo que nos hace ser únicos.

Entre nuestros diversos marcos de referencia, hay uno que es especialmente útil: las tecnologías que hemos inventado y aplicado no tan solo nos sirven de ayuda y apoyo en nuestras vidas, sino que definen nuestra naturaleza.

Uno de los primeros ejemplos de cómo la tecnología ejerce una influencia fundamental en lo que somos, es la capacidad de controlar el fuego. Mediante el uso del fuego para cocinar los alimentos que comemos, hacemos que el fuego sea un elemento del proceso digestivo. Nuestros primos los gorilas pasan doce horas más comiendo y digiriendo, mientras que nosotros somos más eficientes: pasamos menos tiempo y gastamos menos energía en comer y digerir, y también absorbemos los nutrientes de los alimentos de una manera más eficaz. Esto nos ha permitido reducir nuestro tracto digestivo y expandir nuestro cerebro, en particular el neocórtex. Aunque el cerebro solo representa el 2 % de nuestra masa corporal… ¡absorbe cerca del 30 % de nuestra energía! El cerebro crecería aún más si no fuera por el cuello de botella, en sentido literal, representado por el diámetro de la pelvis femenina. Somos especialmente inmaduros al nacer, en comparación con los recién nacidos de otras especies animales. Minutos después de nacer, una gacela es capaz de ponerse de pie y empezar a correr con su madre. Un bebé humano es completamente indefenso y tarda varios años en aprender incluso a alimentarse por sí mismo. En este período, nuestro cerebro continúa desarrollándose, sobre todo el neocórtex, la parte más reciente del cerebro, y organizándose para alojar de la mejor manera posible las enormes cantidades de información y conocimiento necesarias para ser un miembro activo y útil de la sociedad.

La agricultura es otro ejemplo de una tecnología habilitadora clave. Durante decenas de miles de años, aunque los seres humanos eran iguales a nosotros hoy en todos los sentidos, con las mismas características y cualidades, el número de personas que viven en el planeta apenas cambiaba. Ellos eran cazadores-recolectores y el tamaño máximo de estas tribus nómadas venía determinado por la capacidad de proporcionarles sustento de una zona en particular que pudiera ser recorrida a pie en un día. La población total del planeta era solo de unos pocos millones. De hecho, recientes estudios genéticos de la mitocondria, la parte de la célula cuya composición genética solo se hereda a través de la madre, han demostrado que el número de personas que vivieron en un momento determinado y del que descienden todos los seres humanos, ascendía a 5000. Este fino tamiz evolutivo y la cadena de improbabilidades que representa, no es ni mucho menos un caso aislado: representa una característica de la selección natural y la evolución de unos complejos sistemas. Una de las explicaciones es que una zona geográfica en particular solo podía alimentar a un número relativamente pequeño de individuos. Un grupo de 20-30 personas podía detenerse en un valle durante algunos días o semanas y después ir en busca de bayas maduras o seguir los movimientos de los animales. Tenemos una visión idealizada de este período dada nuestra falta de referencias directas. Imaginamos un estilo de vida sostenible sin compromisos ni estrés, en contacto permanente con la naturaleza. A decir verdad, esto solo es cierto si aceptamos una esperanza media de vida de 20-30 años, quizás ni eso, y la verdadera insostenibilidad de un continuo saqueo de la naturaleza, a la que solo le dejamos recuperar el aliento cuando nos dispersamos. Una ilustración de la insostenibilidad del estilo de vida del hombre prehistórico es la caza, que comportó la extinción de la megafauna en todos los continentes. Tanto si se trata del mamut siberiano como del emú australiano, los matamos a todos sin pensarlo dos veces. ¡Ya está bien de la imagen del “honorable salvaje” en contacto con la naturaleza!

La aparición simultánea de la agricultura en diversas regiones del mundo hace aproximadamente diez mil años, basada en el cultivo de maíz y arroz y la cría de pollos, cerdos, ovejas, vacas y otros animales domésticos, permitió al hombre multiplicar por más de diez la cantidad de alimentos disponible en una determinada zona geográfica. La fiabilidad de esta producción, a pesar de las variaciones en las cosechas debido a las lluvias y los parásitos, era preferible a la imposibilidad de predecir lo que encontraría un grupo de cazadores-recolectores nómadas en el próximo valle. Posteriormente, estos desarrollos no tan solo desembocaron en la implantación de asentamientos permanentes, sino también en el correspondiente aumento en órdenes de magnitud de la población.

Paradójicamente, el procesamiento estadístico de la información obtenida de los esqueletos de esta época demuestra que en la edad agrícola, la vida era más difícil que la de los cazadores-recolectores: ¡la esperanza media de vida era menor y morían más jóvenes! Aunque la gente se daba cuenta de ello, era difícil subsanarlo: en las regiones agrícolas ya no era posible volver al estilo de vida y a la organización social anterior. Este es un principio general de las sociedades y organizaciones que adoptan determinadas tecnologías: la nueva y transformada realidad depende de la tecnología para funcionar y ya no puede abandonar esta tecnología y recuperar las viejas costumbres. Nuestra imagen de los viejos tiempos está a menudo idealizada; magnificamos nuestra percepción de sus aspectos positivos, al igual que nuestra percepción de los aspectos negativos del presente. Si decidiéramos hoy abandonar la tecnología, miles de millones de personas morirían y nadie, afortunadamente, podría decidir quiénes serían esas personas.

La mayor disponibilidad de alimentos y su correspondiente fiabilidad en la edad agrícola impulsó un aumento de la población, y con dicho aumento, el desarrollo de actividades especializadas. Al principio, estas actividades estaban directamente relacionadas con el trabajo agrícola, pero posteriormente, un mayor porcentaje de la población se implicó en actividades no agrícolas. Hoy en día, en las sociedades con ingresos más elevados, solo el 2-3 % de la población trabaja en la agricultura y en la ganadería: alimentamos al 100 % de los miembros de la sociedad con solo el 2 % de la fuerza laboral. Incluso en las sociedades con ingresos medios-bajos como la India, con independencia del porcentaje de la población, se calcula que los recursos mecánicos representan el 90 % de la energía empleada en los trabajos agrícolas.

Los dinosaurios no tenían telescopios

Durante decenas de millones de años, los dinosaurios fueron la punta de lanza de la evolución gracias a una amplia variedad de especies. Todavía estamos en la fase de descubrir la organización de los grupos de dinosaurios, y por ejemplo, cómo algunos de ellos se ocupaban de los jóvenes. No sabemos cuál fue el desencadenante del desarrollo de la inteligencia humana ni tampoco si los dinosaurios hubieran conseguido un progreso parecido con un estímulo medioambiental apropiado. Lo que sí sabemos es que les faltó tiempo: tras el impacto de un asteroide en la Tierra, y los subsiguientes cambios climáticos, los dinosaurios se extinguieron junto con una inmensa mayoría de especies coetáneas. En la Tierra se han producido cinco de esas llamadas extinciones en masa cuyas causas estamos todavía investigando.

Si los dinosaurios hubieran tenido telescopios, ¿podrían haber evitado su extinción? Sin duda hubieran sido capaces de identificar el asteroide antes de que se estrellara contra el planeta. Y si hubieran contado con una tecnología espacial suficientemente avanzada, hubieran podido organizar una misión de rescate para intentar modificar la órbita del asteroide y evitar que colisionara con la Tierra. Nosotros tenemos telescopios que desarrollan gradualmente nuestra magnitud en el espacio así como modelos que nos permiten realizar este tipo de maniobras. Por ejemplo, y a pesar de lo que nos hacen creer las películas de Hollywood, la explosión del asteroide no resulta especialmente útil; aunque los trozos fueran un poco más pequeños, seguirían permaneciendo en la misma órbita y su impacto total tendría la misma potencia que el asteroide completo. El pensamiento actual se inclina por el anclaje de una sonda suficientemente grande en el asteroide, lo que comportaría una variación en el campo gravitatorio que cambiaría su órbita con el tiempo y evitaría la colisión con la Tierra. La cuestión implica un conocimiento matemático y científico, el dominio de la ingeniería, la coordinación y la gestión del proyecto, la asignación financiera y de recursos y un consenso social y político.

Concretamente, la diferencia entre nosotros y los dinosaurios, obviamente, es que ellos no tenían telescopios. No obstante, en el sentido metafórico, no poseían las herramientas racionales y científicas necesarias para poder afrontar los peligros de extinción, para visualizar y quizás desviar el asteroide, o en nuestra época actual, para prever los peligros de las pandemias, el cambio climático, los conflictos extremos y demás.

Cuando se recortó el presupuesto de la NASA para los radiotelescopios que clasifican y controlan los objetos espaciales cuya órbita podría llevarlos a colisionar con nuestro planeta, nos convertimos en dinosaurios, voluntariamente ciegos ante las amenazas para nuestras especies. El cofundador de Microsoft, Paul Allen, se vio obligado a involucrarse, utilizando sus propios recursos, para financiar la reactivación y la gestión de estas herramientas especializadas, y nos brindó la oportunidad de clasificar los asteroides y de este modo evitar quizás que un futuro impacto nos aniquilara.

En general, parece razonable afirmar que no existen alternativas a las herramientas racionales y científicas para hacer frente a nuestros problemas. Aun cuando las utilicemos de la mejor manera posible, no tenemos ninguna garantía. Existen problemas insuperables. Pero si queremos tener una posibilidad de resolverlos, basta con que identifiquemos el planteamiento científico más apropiado o la solución más conveniente (por ejemplo, una solución gravitatoria en lugar de una bomba al estilo de Hollywood). Esconder la cabeza bajo el ala no es la respuesta.

Un juego de suma no nula

Hay una creencia extendida entre la prensa, radio y televisión, pero también entre los medios de comunicación virtuales, las páginas web y las redes sociales, de que la única manera seria de ofrecer información es presentando los hechos de manera equilibrada. Llevado a unos extremos que rozan la ridiculez, este planteamiento contempla ambos lados de cada hecho o fenómeno, tanto el positivo como el negativo, e intenta dedicar el mismo número de páginas o de programas a ambos. Afirmar que este método dogmático es simplemente fruto de la ignorancia o que en muchas ocasiones están en juego grandes intereses, es difícil. El 99 % de los científicos está convencido de que el clima está cambiando y que el hombre es el único culpable. A menudo vemos programas de televisión en los que se hace un intento casi cómico de dedicar la misma cantidad de tiempo al argumento de que esto no es cierto (que el cambio climático no existe o que no es causado por el hombre). Mediante la invitación por un lado de un científico, y por el otro de un objetor del cambio climático, estos programas plasman una visión artificial y falsa de que ambos puntos de vista son igualmente válidos. Si tenemos en cuenta este tipo de planteamiento, es fácil caer en la errónea generalización de que las tecnologías tienen dos caras, una positiva y una negativa.

No obstante, la tecnología no es un juego de suma cero, sino un juego de suma positiva. En lugar de desequilibrarlas, sus aspectos positivos y negativos tienen un efecto netamente positivo. Esta valoración es estadística, no absoluta: las diversas facetas de cada tecnología deben ser cuidadosamente examinadas. En un debate abierto en el que participara todo el mundo, podríamos decidir ignorar determinadas tecnologías para evitar acabar dependiendo de ellas. No obstante, en general, el simple hecho de que la población mundial sea de más de siete mil millones de personas en lugar de solo unos cuantos millones demuestra los beneficios del efecto global para la humanidad. Los que dicen que deberíamos abandonar la tecnología porque no consiguen entenderla, y por tanto, les da miedo, deberían primero responder la pregunta “¿Quiénes serían las 99 personas de 100 que seguramente morirían como consecuencia de ello?”

El principio de precaución que realza los riesgos de las tecnologías frena su aceptación. En lo que respecta a su uso, con frecuencia se mencionan cuestiones relacionadas con la protección del consumidor. La premisa es que, por un lado, el consumidor está indefenso y es incapaz de defenderse a sí mismo, y por el otro, el consumidor está amenazado, dispuesto a ser explotado y engañado, y generalmente rechaza las iniciativas de quienes le ofrecen soluciones a sus problemas. El último paso de este razonamiento implica una mayor información, una mejor preparación y una mayor capacidad de los organismos reguladores para decidir lo mejor para el consumidor mediante la determinación de lo que el consumidor es capaz o no de hacer o incluso de saber.

Acceso al texto sagrado de su ADN

Un ejemplo reciente de este principio de precaución en el trabajo es la negativa de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), la agencia federal que regula los productos y servicios alimentarios y sanitarios, al servicio de descodificación del ADN ofrecido al público por la empresa 23andMe.

Aprovechando el descenso exponencial de los costes de descodificación, en el año 2009 esta empresa de California empezó a ofrecer al público un servicio innovador. Una vez se haya registrado en su web, le enviarán un tubo de ensayo: usted deberá depositar una muestra de su saliva en el tubo (hágalo sin rodeos, directamente escupa dentro) y deberá devolverlo a la empresa en el sobre incluido en el paquete original, visiblemente marcado con los amenazantes iconos de “peligro biológico” de los materiales biológicos. Al cabo de un par de semanas, le enviarán un mensaje por correo electrónico en el que le informarán de la realización del procedimiento de descodificación. A continuación podrá leer los resultados, protegidos por una contraseña, directamente en la página web de la empresa.

En 1985 se lanzó en Estados Unidos un extremadamente ambicioso Proyecto Genoma Humano, con un presupuesto de tres mil millones de dólares. El objetivo era descodificar el genoma humano, compuesto por tres mil millones de pares básicos, en el plazo de quince años. El avance del proyecto es un clásico ejemplo del poder del cambio exponencial. Al cabo de siete años solo se había alcanzado un 1 % del progreso. Incluso los expertos en la materia creyeron que el proyecto había fracasado y que se necesitaría no tan solo siete años más, sino docenas o cientos de años más para completarlo, lo que supondría unos costes astronómicos muy superiores a los fondos originalmente previstos. Muy pocas personas consideraron que el resultado del 1 % había sido obtenido gracias a la duplicación de la capacidad de descodificación. Gracias al mantenimiento de este ritmo, no la velocidad, sino la aceleración del proceso, al año siguiente se había logrado un avance del 2 %, luego del 4 %, el 8 %, el 16 %, el 32 %, el 64 %... y después de exactamente siete duplicaciones más, se alcanzó puntualmente el objetivo del 100 % a los quince años y con arreglo al presupuesto.

No obstante, la duplicación del poder del proyecto no se detuvo aquí; la velocidad de la descodificación aumentó, lo que redujo su coste. Hoy, en 2015, es posible tener un perfil de ADN completo por unos 2000 dólares, o por 99 dólares si se trata de un perfil parcial, de los llamados Polimorfismos de Nucleótido Único (o SNIP, por sus siglas en inglés), que eran considerados los responsables de las características individuales que nos diferencian de los demás. En el ADN humano hay quinientos mil SNIPs y la empresa 23andMe se dedica a su análisis y procesamiento.

Los resultados son sorprendentes. Mediante el análisis de mi ADN, 23andMe puede decirme el color de mis ojos y de mi pelo, así como docenas de otras características de mi fenotipo; es decir, la manifestación física de la acción de mi ADN. Pueden hacer una valoración estadística en términos de mayor o menor predisposición a unos determinados tipos de enfermedad. Ofrece instrucciones sobre las dosis incluso de fármacos típicos en caso de que deba utilizarlos, además de las recomendaciones de las prescripciones habituales, o por el contrario, me recomienda una dosis más baja debido a mi reacción natural a los componentes del medicamento.

Evidentemente, poder tomar decisiones sobre la base de esta información puede tener consecuencias importantes. Saber que algunos cambios concretos en mi estilo de vida pueden reducir la probabilidad de que sufra una determinada enfermedad, puede cambiar mi vida. Decirle a mi médico que soy especialmente sensible al fármaco que me está recetando para que me ajuste la dosis como corresponde, podría salvar mi vida.

La FDA consideró que la manera en que 23andMe presenta la información, con correlaciones probabilísticas y estadísticas entre el genoma, la conducta y el desarrollo de unas determinadas enfermedades y dolencias explícitas, no era apropiada. Concretamente ha dictaminado que los consumidores no deberían tener acceso directo a esta información, y que solo debería proporcionarse a los médicos, convirtiéndose así en las únicas personas que pueden interpretar los datos y aconsejar a los pacientes basándose en sus propias conclusiones.

En 1517, Martín Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg. Su acto simbólico fue el detonante para el desarrollo del movimiento Protestante en la iglesia cristiana, lo que desembocó en un cisma con el Catolicismo que todavía hoy persiste. Una de las tesis de Lutero era que la Biblia, el texto sagrado del Cristianismo, debía ser traducida del latín al alemán para que la gente pudiera leerla por sí misma, sin la intermediación de un sacerdote. Los intereses existentes, así como una justificación conservadora y dogmática, generaron un conflicto insalvable que no tan solo desembocó en un cisma eclesiástico, sino también en cientos de años de sangrientos conflictos.

Hoy la FDA asume el papel desempeñado por el Vaticano en la época de Lutero. No quiere que la gente tenga acceso al texto sagrado de su ADN, traducido del lenguaje de la bioquímica al lenguaje accesible de la tecnología de la información, y ha dictado que la interpretación del texto solo será posible con la intermediación sacerdotal de los médicos, defendiendo así su posición conservadora y dogmática.

El principio proaccionario

Nuestras acciones determinan el futuro. Las consecuencias de nuestras esperanzas y ambiciones se extienden más allá del presente.

El principio de precaución establece que antes de adoptar una determinada solución, es necesario considerar todo el daño que puede causar. Invocado frecuentemente en las áreas de protección del consumidor, los reguladores se sienten facultados por este principio para cerciorarse de que los nuevos productos y servicios comercializados no tan solo sean útiles y tengan efectos positivos, sino que puedan excluirse los efectos negativos. Especialmente en los campos de la investigación sanitaria y farmacéutica, los principios de precaución han sido la principal fuente de inspiración del desarrollo de productos.

Obviamente, en un mundo ideal, los reguladores solo pretenderían el mejor modo de proceder para el bien común, en lugar de implementar burocracias autopropagandísticas. Y en un mundo ideal, los principales protagonistas de un determinado mercado no utilizarían su poder para detener a los neófitos y reducir los peligros de unos factores competitivos desconocidos, que distorsionan las reglas e influyen indebidamente en el proceso. Es evidente que no vivimos en un mundo ideal.

El principio proaccionario, originalmente propuesto por Max More, tiene en cuenta el coste de oportunidad de la inacción y los costes de la propia regulación, lo que deriva en la obtención de un equilibrio más orientado al futuro. Pensando en las futuras generaciones y en el beneficio que obtendrán de nuestras acciones, la demora en la implementación de una nueva tecnología podría tener graves consecuencias.

La libertad de experimentar, así como la posibilidad de que los individuos adquieran conocimientos fuera de las vías de investigación oficialmente autorizadas, la objetividad, la transparencia y otros componentes del principio proaccionario hacen que sea una herramienta útil para planificar acciones novedosas.

Una familia residente en los Estados Unidos se vio afectada por una enfermedad rara para la que no había una curación comercialmente disponible. La empresa farmacéutica que en realidad acometió la investigación inicial sobre la misma consideró que no merecía la pena someterse a la carrera de obstáculos reguladora para comercializarla. Obviamente, para las personas directamente afectadas por la enfermedad no se trata de considerar los beneficios. Gracias a las comunicaciones modernas y la disponibilidad de la investigación, la familia ha podido conectar con otras familias en su misma situación para comprar los derechos de desarrollar la curación y aplicarla con éxito en sus propios miembros y en los de otras familias igualmente afectadas.

Si hubiéramos tomado como base los planteamientos tradicionales, es posible que esto no hubiera sucedido nunca, tanto desde un punto de vista tecnológico como regulador. Hay innumerables ejemplos de experimentaciones más atrevidas y de libre investigación que están a la espera de la aplicación del principio proaccionario para alcanzar sus objetivos y florecer.

En la consideración de las cuestiones medioambientales, la Unión Europea incorporó el principio de precaución en sus tratados fundamentales. ¿Supondrá esto una mayor probabilidad por parte de la UE de abstenerse de adoptar tecnologías que sí adoptan otras áreas socioeconómicas? ¿Será esta la base de un cierto nivel de fosilización de la sociedad europea? ¿O quizás es la expresión de esta situación que de realmente le aflige?

Civilizaciones competentes o incompetentes

¿Es la libertad una propiedad que emerge de la cuestión de la autoorganización? Creemos firmemente que estamos dotados de libre albedrío, y la mayoría de nuestras estructuras sociales se basan en ello. No hay un fundamento físico en ello. El determinismo de las leyes físicas, a pesar del quantum de las incertidumbres, no deja lugar a que el concepto oculte y muestre sus efectos. Al igual que nos sentimos constantemente conmovidos por los objetos, animales y fenómenos antropomorfizados, estamos obligados a interpretar las decisiones libremente adoptadas en lugar de ser la consecuencia del estado de la materia y sus interacciones, tanto en nuestro interior como en el exterior.

La conducta individual se añade a la de grupos más grandes, y por último a la de las sociedades. Juzgamos los resultados de las decisiones individuales y las consecuencias en el derecho civil y penal. Podemos juzgar la capacidad de las sociedades para engendrar el bienestar de sus miembros, o por el contrario, para ser corruptas, injustas y generadoras de confusión, violencia y sufrimiento.

La capacidad de un grupo de sociedades para generar bienestar no tan solo depende de la suma de decisiones de sus miembros, también depende del conocimiento del que disponen y a través de quien. La antigua civilización romana alumbró un arte y una filosofía maravillosa, y con razón admiramos hoy sus logros. Sin embargo, estaba organizada, esencialmente, en función del trabajo esclavo, hoy universalmente condenado. ¿Podría haber sido distinto? ¿Es posible imaginar una civilización romana que no empleara la esclavitud? En absoluto, porque el nivel de conocimiento, y sobre todo la disponibilidad de energía que este conocimiento generó, impedían el logro de estos objetivos sin recurrir a la fuerza del músculo humano, o humanos programables, personas a las que se les puede decir lo que deben hacer y lo hacen sin rechistar.

Durante su período de expansión, mientras fue capaz de aprovecharse de inagotables oleadas de esclavos, la civilización romana parecía estar perfectamente adaptada. Se trataba de una mera apariencia porque eso no podía durar. Roma no podía seguir expandiéndose porque básicamente había conquistado todas las tierras disponibles de lo que hoy llamamos Europa, norte de África y Oriente Medio, y esclavizó a todos los individuos que podían ser esclavizados de estas poblaciones.

En ese momento empezó a decaer y fue incapaz de resistir la llegada de cambios o de adaptarse a ellos. Obviamente, esta es una representación enormemente simplista de una larga y compleja historia. Hay otras muchas fuerzas en juego además de los esclavos o la ausencia de esclavos.

Hoy, con el conocimiento actual, podemos construir sociedades y civilizaciones sin esclavos. Gracias a nuestra confianza en la energía química y muy pronto en la solar, nuestras decisiones vienen determinadas por un uso más eficiente y desplazan a otras posibles alternativas. Nosotros no somos moralmente superiores a los romanos como seres humanos individuales, nos basta con aprovecharnos de la información acumulada y de sus aplicaciones. El desenlace de la Guerra de Secesión estadounidense entre el Sur y el Norte vino dictado por la eficiencia económica y una mejor organización de las bases energéticas e industriales por parte del Norte.

Por consiguiente, nuestra civilización actual es la expresión de nuestro conocimiento. Las tecnologías de las que disponemos la conforman, del mismo modo que la civilización romana fue modelada por el conocimiento y la tecnología disponible en la época. Podemos empezar preguntándonos cuáles son los límites de la adaptabilidad de nuestra civilización, y cómo cambiará con la acumulación de información y su aplicación a los nuevos conocimientos y las nuevas tecnologías. Si hubiéramos preguntado a un romano que nos dijera si era posible construir una civilización sin esclavos, la respuesta hubiera sido “¡No!”. ¿Cuáles son los falsos axiomas que mantenemos? ¿Cuáles son las preguntas que podemos hacer y asumir que las respuestas sean universales, con todo el mundo creyendo firmemente que una determinada suposición forma parte necesariamente de nuestras sociedades en cualquier lugar y en cualquier época? Con el conocimiento del que dispondremos en el futuro, esta respuesta enérgica y falsa nos hará parecer tan primitivos e ingenuos como nos parecen hoy los romanos.

Cuándo se produce el cambio, y cómo se manifiesta de por sí, depende de las tensiones acumuladas entre las sociedades en una determinada época. Lo que es posible en un lugar puede no ser inmediatamente posible en otro. Las diferencias constituyen una consecuencia dada la aplicación del conocimiento y la acumulación de experiencia. En un mundo de comunicación global como el de hoy, la comprensión de estas diferencias conlleva la posibilidad de aplicar los conocimientos con mayor rapidez, la adopción de las mejores prácticas y de lo que funciona bien y la prevención de errores. Cuando las barreras de comunicación o ideológicas obstaculizan el recorrido de este flujo de información, las divergencias entre las sociedades aumentan. Las tensiones se acumulan, y bajo una aparente inmovilidad, la estructura organizativa de la sociedad está sometida a un estrés cada vez mayor. En ese momento, un pequeño cambio en las condiciones marco pueden comportar enormes cambios fundamentales que se extienden por toda la sociedad.

Esto es lo que sucedió, literalmente, con el Muro de Berlín, que metafórica y físicamente protegía las economías planificadas de la Unión Soviética y de Europa del Este de las de Occidente. Cuando cayó el muro, los efectos de permitir una rápida penetración de las economías de mercado trajeron primero un cambio económico y posteriormente un cambio político que no pudo ser contenido o controlado ni por las mismas personas que lo iniciaron y permitieron, como el entonces Secretario General del Partido Comunista, Mikhail Gorbachev.

Dado que las diferencias de información crean estas áreas de conocimiento limitado, los individuos pertenecientes a esas áreas a menudo no se dan cuenta de que viven en una sociedad mal adaptada. Pueden quedarse muy sorprendidos cuando la debilidad y la fragilidad de la civilización quedan evidenciadas por los cambios bruscos. Incluso los expertos políticos y los historiadores explican mejor los rápidos cambios de las civilizaciones una vez han sucedido que cuando los prevén. Esto dificulta la preparación para los cambios y la mitigación del sufrimiento que genera el período de incertidumbre.

La insostenibilidad es insostenible

En los últimos 200 años ha predominado el actual paradigma económico capitalista basado en el crecimiento constante. Incluso antes, la explotación de los recursos y su adjudicación a las sociedades feudales permitieron ignorar lo que hoy llamamos las externalidades de las actividades económicas. Esto fue posible porque a las naciones o civilizaciones no les importaba destruir a los competidores. O si partimos del supuesto de que con el agotamiento de los ecosistemas y la exterminación de las especies dominantes de un determinado continente, siempre quedaría algo por descubrir y para empezar el proceso de nuevo.

Hoy es evidente que esta conducta ya no es posible. Los países avanzados no deberían librar guerras entre sí. No deberían destruir o someter a otras poblaciones. No deberían poner en peligro los ecosistemas y sus especies con sus actividades económicas. En pocas palabras, no quedan más continentes por saquear.

Esto significa implícitamente que no hemos mejorado como personas. No cambiamos nuestras costumbres porque entendíamos que debíamos adoptar una conducta moralmente superior. Nuestra mentalidad sigue siendo básicamente la misma. La razón por la que ahora estamos considerando alternativas es porque ya no es posible mantener las viejas usanzas.

Las externalidades de nuestras actividades económicas son todas aquellas consecuencias que no se ven reflejadas en las consideraciones relacionadas con las ganancias y las pérdidas. Le corresponde a la sociedad analizar diversos sectores y decidir si puede permitirlo. Como alternativa, puede implementar normativas que afloren los costes ocultos y dejar que la sociedad en su conjunto los absorba explícitamente o, por el contrario, obligar a las empresas que operan en la cadena de producción a afrontarlos.

Las prácticas económicas insostenibles poseen grandes externalidades, lo que no es permisible en un mundo cerrado y globalmente conectado. Para solventar el agotamiento de los sistemas de soporte ecológicos, y el posible uso o reciclaje de los residuos de recursos de una manera más eficaz, una sociedad compleja debería dirigirse hacia unas prácticas sostenibles con el fin de poder generar soluciones dinámicas y consolidadas a la vez.

Una civilización no puede considerarse perfectamente adaptada si no reconoce esta necesidad y si no actúa al respecto con las herramientas de los incentivos y las normativas apropiadas.

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